Al cargar las últimas fotografías de nuestra anterior entrada, sobre la Bruder Klaus Kapelle, reparamos en que la textura interior de los muros de hormigón nos recordaba a otra que permanecía en nuestra memoria. Con el paso de los días, nos dimos cuenta de que lo que nos recordaba era la textura de las figuras de Giacometti. Del Giacometti de su última etapa, del Giacometti más maduro y, a nuestro modo de ver, el Giacometti más verdadero.
Su obra " EL HOMBRE QUE CAMINA" siempre nos ha parecido extraordinaria y siempre la recordamos a través de la excelente fotografía de Henri Cartier-Bresson en la que vemos a la figura escultórica y a Gicometti como si del fotograma congelado de una película se tratase. Las dos figuras parecen caminar hacia un mismo punto de encuentro.
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| Fotografía de Henri Cartier-Bresson |
Verdaderamente la escultura parece estar a medio camino de algún destino incierto.
El artista trata de expresar la soledad y la angustia de la propia existencia. Conoció a Jean Paul Sastre y compartía con él la idea de que la libertad del ser humano era como una condena: " no podemos escapar de la toma de decisiones ".
Existen muchas obras de Giacometti que muestran este aspecto áspero y que transmiten la sensación de una tremenda fragilidad.
La obra de este escultor es realmente compleja, pero hoy vamos a centrarnos en algo que, desde hace años, nos tiene fascinados sin saber muy bien el por qué.

